Un País En Comú: participa!

Aquest cap de setmana la iniciativa política "Un País En Comú", de la que formo part com a membre del seu grup impulsor, ha presentat les ponències zero del seu ideari, i el procés participatiu per debatre i fer aportacions a aquests documents. Un procés que fins el 5 de Març tindrà una plataforma online on qualsevol ciutadà podrà fer aportacions, i més de 70 tallers presencials arreu del territori català. 

L'acte, que es va celebrar a unes Cotxeres de Sants completament desbordades, va ser una injecció d'il·lusió i bon ambient en aquest procés que diversos actors polítics i molta gent independent hem encetat per crear un nou subjecte polític transformador català que vagi molt més enllà de les candidatures confluents actuals.

Participa-hi!.


La involución democrática de Turquia

Turquía es hoy una sociedad donde se va instalando la incertidumbre, la desconfianza, la apatía, y el temor, en un clima de fuerte tensión política e involución democrática en todos los ámbitos. 2016 fue un año pésimo para Turquía, y los primeros días de 2017 no han sido mejores, con un nuevo atentado de Estado Islámico en una conocida sala de fiestas en Estambul, dejando 39 personas muertas y más de 50 personas heridas, y un atentado en Izmir con 2 personas muertas más y una decena de personas heridas, donde los primeros indicios apuntan a la autoría del PKK o del TAK.

La ola de atentados de todo signo y en cualquier lugar, el golpe de Estado fallido del 15 de julio de 2016, el largo conflicto armado con los kurdos, y las bajas de soldados por la entrada de Turquía en la guerra directa en Siria, están empezando a calar psicológicamente en la sociedad turca creándose un clima proclive a las soluciones autoritarias, que al tiempo, al mostrarse inútiles para evitar los ataques terroristas, incrementan la frustración y alimentan aún más la espiral antidemocrática.


El liderazgo personalista de Recep Tayyip Erdogan desde el gobierno turco.

Pero vamos unos años atrás para entender cómo Turquía ha llegado hasta aquí, a través de la evolución del propio Presidente Recep Tayyip Erdogan, la persona que ha edificado y modelado el país en las últimas dos décadas. Erdogan llegó al gobierno en el año 2003 con un partido fundado por él mismo, el AKP, separándose del islamismo más tradicionalista del RP que le había llevado a la alcaldía de Estambul en 1994, en una época de inestabilidad política justo después del último intento de golpe militar en 1997. Desde Europa se le asimiló a una democracia cristiana a la turca: liberalismo económico, conservadurismo moral con respecto laico, modernización del país, y relaciones fluidas con la Unión Europea y el resto de socios occidentales. Jose Luis Rodriguez Zapatero consideró Erdogan como un puente entre el occidente cristiano y el mundo musulmán, y referente del islamismo democrático, cuando impulsó "la Alianza de las Civilizaciones" en el año 2007, bajo el auspicio de la ONU.

Y de hecho, los primeros años de gobierno de Erdogan se puede considerar que tuvieron esta orientación, pero los conflictos crecientes en el mundo árabe y los estados limítrofes, las decepciones ante una UE dirigida por el dúo Sarkozy-Merkel que no ofrecía avances en Turquía para su adhesión al proyecto comunitario, y las ansias de poder del propio Erdogan, que entendió que para ampliar sus victorias electorales no debía democratizar más el país, sino polarizarse el alrededor de su figura y su perfil más conservador para compactar su base electoral, fueron paulatinamente cambiando el rumbo del país.

El periodista Andrés Mourenza, en un magnífico artículo en "Revista 5W" titulado "Erdogan o la desmesura", explica esta evolución personal del propio Erdogan, una persona de orígenes humildes, hecha a sí misma, que superó todo tipo de obstáculos (meses de cárcel y amenazas de muerte incluidas) para llegar donde está, y ahora, moverá cielo y tierra para no bajar de allí, y es por ello que ha llevado al país a polarización política sin límites, con su proyecto de reforma de la constitución para perpetuarse más años y con más instrumentos al poder, como explica en otro artículo el propio Mourenza.

Y una parte importante de la Turquía más popular, con orígenes similares a los de Erdogan, se identifica con su personalidad y liderazgo, a pesar de que las urnas le han castigado también por la represión de las protestas del Park Gezi, para la censura en Internet, o por la incertidumbre económica que vive el país, con una lira turca en constante devaluación y una inflación disparada, donde el aumento de los sueldos no sigue el mismo ritmo que el coste de la vida, aparte de la precariedad laboral.

Cabe decir que Erdogan no ha estado solo en esta empresa. Uno de sus ministros más influyentes, Ahmet Davutoglu, tuvo un papel clave en el cambio de orientación de la política exterior turca, menos dependiente de Europa y el atlantismo aunque comprometida con el proyecto europeo, y más activa en los países vecinos y en el mundo islámico en general, con calculadas ambigüedades (cuando no doble juego, directamente) con Israel o Rusia, y reforzadas relaciones con fuerzas islamistas en Palestina, Egipto, Irán, o Siria.

Davutoglu, estudioso de las relaciones internacionales del periodo otomano, teorizó y practicar el conocido como neo-otomanismo, esta nueva acción exterior turca más ambiciosa en los antiguos países de su influencia, a pesar de que el término no se utilizó oficialmente para no levantar suspicacias internas ni con los países vecinos. Este hecho provocó recelos en las potencias europeas y sus socios. Una política muchas veces errática, zigzagueante, que tuvo episodios de los que hoy Turquía es víctima, como la connivencia con ISIS en la frontera turco-siria. Pero la realpolitik ha acabado por suavizar y reconducir algunas alianzas: el vergonzante acuerdo sobre refugiados con la UE volvió a establecer un marco de diálogo (precario) Turquía-UE; la estrategia militar contra Estado Islámico alineó a Turquía con Rusia después de que se rompieran relaciones entre ambas por el abatimiento de un caza ruso en territorio turco, además de reforzar lazos con Irán, y eso sí, siempre con la excepción kurda, donde Turquía se mantiene inflexible en su conflicto, a pesar de que los kurdos tienen de las tropas más efectivas para combatir el ISIS en territorio sirio.


El proyecto de reforma constitucional presidencialista de Erdogan.

Cuando el 2014 Erdogan ganó las elecciones presidenciales y pasó de primer ministro en jefe del Estado, puso a Davutoglu en su lugar, en una dinámica que muchos analistas asimilaron con Putin y Medvedev: una persona de confianza al cargo para continuar marcando la línea política sin problemas, aunque luego esa confianza se rompió, como explicaremos más adelante. La jugada era clara: Erdogan de Presidente, y un gobierno y una mayoría parlamentaria dócil para encarar una reforma constitucional presidencialista que le permitiera a Erdogan dirigió también desde la máxima representación del Estado, y con el contador a cero de la limitación de mandatos.

En las elecciones legislativas del verano de 2015, el partido de Erdogan no sólo no creció, sino que perdió la mayoría absoluta, y quedó muy lejos de los 2/3 del Parlamento para reformar la constitución turca, al tiempo que los izquierdistas y prokurdos del HDP se convertían en la tercera fuerza del país, empatando en esa posición con la derecha extrema del MHP.

Ante el revés electoral, Erdogan no intentó conciliar y sacar conclusiones de lo que la sociedad le había dicho, sino que apretó la máquina hasta sus límites: siendo imposible una gran coalición con la segunda fuerza del país, los socioliberales kemalistas del CHP, Erdogan forzó unos nuevos comicios a finales de 2015, donde consiguió de nuevo la mayoría absoluta para gobernar en solitario, y posteriormente, cerrar un acuerdo con el MHP para llevar a cabo la reforma de la constitución turca.


El golpe de estado fallido del 15 de Julio de 2016 y sus consecuencias.

En este ambiente de polarización extrema y uso partidista de las instituciones, se produce el intento de golpe de Estado del 15 de Julio de 2016, del que todavía hay muchas incógnitas sobre autoría y objetivos. En todo caso, una parte importante de la población, aunque crítica con Erdogan, le dijo a los militares golpistas que ese no era el camino, que la sociedad turca había cambiado y ya no estaba dispuesta a que el garante de nada fuera una junta militar.

De lo que no hay duda es de que el fallido golpe de Estado ha servido a Erdogan para reforzar su deriva autoritaria. El 7 de Agosto de 2016, Erdogan hizo un gran mitin en Estambul, con más de un millón de personas, y la presencia de los tres grandes partidos (AKP, CHP, y MHP) y excluyendo el HDP, para marcar claramente dónde están los límites del consenso de régimen, en un intento de superar la polarización extrema que él mismo había generado con un gran acto de país y de reconciliación en defensa del sistema democrático.

La realidad es que se inició un proceso de depuración en todos los estamentos públicos, privados, y en la propia sociedad civil sin precedentes. El argumento oficial es perseguir y juzgar a los seguidores de la cofradía de Fetullah Gulen, principal cerebro del golpe de Estado según Erdogan, pero las destituciones y persecuciones judiciales han extendido a cualquier elemento de disidencia con el régimen, en una sociedad donde se ha instalado la autocensura y el miedo ha sido delatado por los propios vecinos, alumnos, o compañeros de trabajo. Combatir el gulenismo, que muchos analistas comparan a escala española con un orden religiosa tipo Opus Dei, es el ariete que está permitiendo reducir derechos y libertades que se ganaron en el periodo más aperturista, y que ahora vuelven a estar amenazadas, en nombre de que un nuevo golpe de estado no se pueda volver a producir, y por otro lado, con el argumento de la lucha contra el terrorismo, se detiene y encarcela a parlamentarios de las fuerzas kurdas como el HDP, a las que se considera expresión política de las acciones violentas que llevan a cabo el PKK o el TAK.


Turquía en la era global de los hiperliderazgos autoritarios y el repliegue de los Estados.

El tipo de liderazgo de Erdogan no es una excepción en el mundo actual. Putin o Trump, entre otros, utilizan las mismas estrategias polarizadoras para construir sus liderazgos y aplacar a los adversarios políticos, y tienen un relato moralmente conservador y de mano dura que llega a una parte importante de las clases populares, atemorizadas ante el terrorismo global y otros fenómenos de la globalización ante los que se consideran indefensas. También comparten una misma visión de la política internacional: repliegue nacional de los estados, y evitar el multilateralismo y los foros cooperativos, sustituidos por conflictos de bloques y alianzas ad hoc, aunque sean contradictorias a medio plazo.

Por ejemplo, algunos medios de comunicación europeos y rusos especulan con la posibilidad de que Turquía abandone la OTAN, en un momento donde la institución atlántica vive horas de incertidumbre ante el inicio de la presidencia de Trump, alérgico a todo espacio multilateral. Si esto fuera así, Putin tendría una gran victoria ante los Estados Unidos, la Unión Europea, e Israel, y Turquía se vería reforzada en su papel como potencia regional autónoma en Oriente medio, pero sus consecuencias en el deterioro de las relaciones con Europa podrían ser importantes.

Erdogan utiliza estos desafíos para negociar con nuevas condiciones con Europa y otras potencias, y ya veremos cómo evolucionan estas jugadas de geoestrategia política, pero en cuanto a las condiciones de vida y libertades en Turquía, no se espera ninguna mejora de la situación en el corto plazo; todo lo contrario, Erdogan no hará ningún cambio porque de momento se siente fuerte, sin una oposición que le pueda disputar el poder, una sociedad civil atemorizada, y con la comunidad internacional mirando hacia otro lado ante sus abusos de poder, y con las consecuencias de la participación en la guerra en Siria y del resurgimiento del conflicto kurdo todavía por conocer en todo su alcance.