RESPUESTA A JORGE DIONI (y III)

Con un poco de retraso, publico la última parte de este debate (parte I y parte II) tan agradable con Jorge; residía mi tercer desacuerdo con él en reducir la tradición organizativa de los y las comunistas, a las malas experiencias del estalinismo o del trotskismo entrista. No estoy de acuerdo en que el cainismo y las prácticas antidemocráticas sean connaturales a esta tradición.

No es justa esta afirmación, primero, porque la tradición comunista es anterior a la aparición de cualquiera de esos fenómenos, e incluso anterior a la aparición de las personas físicas que, en algunos casos, les dieron nombre. Si miramos el que podríamos considerar como documento fundador de esta corriente histórica, el Manifiesto Comunista de 1848, en su capítulo cuarto, reconocía que "los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países".

Desde un inicio, esta tradición ha hecho de la unidad y del acuerdo una bandera política hacia su seno, y en las alianzas con otras tradiciones de la izquierda. Por tanto, el cainismo o la tendencia a la atomización/fragmentación han surgido posteriormente en función de determinados escenarios históricos, no porque fuese un imperativo ideológico, ni un posicionamiento a priori. Han sido condicionantes posteriores, en especial por la clandestinidad y la violenta represión que han sufrido las clases trabajadoras en su lucha por la emancipación las que, en algunas ocasiones, han forzado la teorización y la puesta en práctica de esquemas organizativos muy verticales, casi militarizados (el blanquismo, por ejemplo), y con comportamientos sectarios, excluyentes, incluso paranoicos, en el seno de estas organizaciones. De esas conductas, también se derivan la aparición de corrientes que, para hacer frente a los poderosos aparatos partidarios, recurren a comportamientos fraccionales o conspirativos, como es el caso del entrismo utilizado por algunas organizaciones trotskistas. El extremo aberrante de esos procesos llevó a la aparición de los sistemas de partido único fusionados con el Estado, y a la depuración sistemática de la disidencia política a través de los aparatos policiales y de inteligencia, como una forma más de delincuencia.

Pese a todo eso, y sin negar su existencia e influencia en España, quiero reivindicar otra parte de la cultura organizativa comunista, especialmente del PSUC, de la que no se habla tanto: la de la creación, participación, y dinamización de los movimientos sociales contemporáneos más importantes, como el movimiento obrero (simplificando: la creación de la Comisiones Obreras) o la vertebración de la lucha antifranquista. Ejemplos de una cultura organizativa, que pese a los rigores exigidos para mantener la seguridad interna en la clandestinidad, supo abrir la organización y superar las crisis internas en base a propuestas políticas practicadas por gente que estaba bastante mas allá de los límites de la organización (el famoso entorno). Eso también es tradición organizativa, no sólo hacer Congresos o substituir Secretarios Generales. Diré más: eso es también parte de la organicidad de un partido: las relaciones que se establecen entre sus afiliados/simpatizantes y las capas sociales a las que se dirigen, y el como se interrelacionan bases/dirección/movimientos sociales.

Decía el historiador catalán Josep Fontana, que demasiadas veces miramos la historia de los partidos en función de la historia de sus líderes, y que pocas veces nos acordamos de los miles y miles de afilados y simpatizantes, personas que han hecho posible la realización de esos proyectos políticos, y que son en realidad, los verdaderos protagonistas. Y eso se acentúa aún más en los procesos de renovación interna, en que los medios de comunicación focalizan su atención en la pugna (y las puyas, trabanquetas, etc...) de los diversos candidatos o de las diversas familias, más que en como se vive el debate en las bases, o como eso influye en el entorno social de las organizaciones.