LAS IZQUIERDAS, LOS SINDICATOS, Y LA HUELGA GENERAL

Este fin de semana acudí a la manifestación convocada por CCOO y UGT contra la crisis. Sin dudas, fué un éxito: decenas de miles de personas expresaron de manera clara, tanto a la patronal como al Gobierno, que los trabajadores y trabajadoras queremos, en el marco de un gran acuerdo colectivo, una salida de la crisis progresista que no penalize a las clases populares, sino que por el contrario, se profundice en la protección social, y se camine hacia un nuevo model productivo que genere empleo de calidad, condición indispensable para que una crisis de estas características no se vuelva a producir.

Pese a que los sindicatos han descartado en diversas ocasiones y con buen criterio la huelga general en este momento, no faltaron voces desde algunos sectores que seguían pidiéndola con pancartas y proclamas en la manifestación del sábado.

Creo que esos sectores no aciertan ni en el contenido ni en las formas, y que lo que deben hacer las izquierdas es estar junto a los sindicatos, apoyando y dotando de más contenido político las convocatorias que hagan las centrales sindicales, que son las que conocen mejor, más de cerca, las opiniones y el estado subjetivo de las clases populares.

Quiero exponer una cita que demuestra que esa concepción errónea de decirle a los sindicatos lo que tienen que hacer, y de proponer la huelga como método de lucha al margen de las condiciones en las que de desarrolle, por desgracia, viene de lejos en la tradición de las izquierdas. La cita es de Gregorio López Raimundo, en el informe al Comité Central del PCE de 1973:

"Existe entre nosotros la inclinación a apreciar exclusivamente la dimensión política de la lucha reivindicativa. Es decir, no valoramos debidamente lo que esta lucha proporciona materialmente a los trabajadores, sino que lleva a éstos al enfrentamiento con el régimen. En consecuencia, tendemos a discutir no con todos los trabajadores, sino con los más avanzados; no abierta y "legalmente" en asamblea general, sino en reuniones minoritarias clandestinas. Como resultado de ello una parte de las luchas proyectadas no llegan a producirse por no contar con la aquiescencia de los interesados, y hay huelgas que se pudren y malogran en virtud de que sus promotores y dirigentes, considerando erróneamente que lo principal es prolongarlas, hacerlas durar, no tienen en cuenta el estado de ánimo del conjunto de los afectados, olvidan que la huelga no es un fin sino un medio para lograr algo, y que la vuelta organizada al trabajo para seguir la acción es, a veces el único recurso para mantener la unidad de los trabajadores, condición esencial del desarrollo de la lucha y la organización del movimiento obrero.

En la gran ofensiva obrera de este año en Cataluña ha jugado, y juega aún, un papel principal el aumento lineal de 33700 pesetas anuales consguido en SEAT al renovarse el Convenio en octubre último, cuya firma fué considerada por algunos camaradas como "un fracaso que cortaba la posibilidad de ir inmediatamente a la huelga en SEAT".

No valoraban estos camaradas que lo concedido por la empresa era el fruto de las luchas anteriores de los trabajadores de SEAT, del temor del Gobierno a una nueva huelga, es decir, que los objetivos que presidían la preparación de la huelga en SEAT se habían conseguido sin que ésta llegase a producirse, lo que representaba no un fracaso, sino un gran triunfo. No comprendían que las 33700 pesetas de aumento conquistadas en SEAT iban a ser un estímulo al desarrollo de la lucha obrera en Cataluña no menor del que hubiera representado una huelga que no hubiera ido acompañada de mejoras materiales equivalentes. Desconocían u olvidaban que los trabajadores se incorporan por regla general a la acción para obtener mejoras materiales, y que es principalmente a través de esta acción que elevan su conciencia de clase y política".

Pues bien, como decía Gregorio, sigue habiendo compañeros y compañeras que entienden la huelga como un fin en sí mismo, y que no atienden al estado subjetivo de la mayoría de las clases populares, en las que domina el miedo, la apatía, y la solución individual frente a la crisis, y no el espíritu revolucionario por la agudización de las contradicciones del capitalismo, como teorizan algunos y algunas que no se dan cuenta de que la radicalización en las formas y el discurso, no solo no suma a más trabajadores/as a la causa, sino que deja al margen a más gente, con lo que se pone en riesgo la unidad necesaria para afrontar con éxito la negociación con la patronal, y de rebote, se engrosan las filas de los/las desencantados/as, muchos de ellos/as con la vista puesta en castigar electoralmente al PSOE, pero no para votar a la izquierda transformadora, sino para abstenerse o, lo que es peor, votar al Partido Popular, que en un contexto de crisis, puede captar a grandes fracciones de la clase trabajadora con un discurso populista, que muchas veces, se acompaña de argumentos xenófobos (sobran immigrantes en el mercado de trabajo), tal y como ya ha pasado en otros momentos históricos.
La izquierda social y política deben ir de la mano en este proceso, sin instrumentalización y sin dirigismos de ninguna clase, sino complementándose en la acción social, política, e institucional para aumentar la capacidad del conjunto, no para subordinar, ni en discurso ni en propuesta, a ninguna de las partes.