Sobre "El misterioso caso catalán", de Enrique Gil Calvo

 El pasado 31 de Diciembre, el catedrático de sociología Enrique Gil Calvo, publicaba en El País un artículo de opinión titulado "El misterioso caso catalán" donde afirmaba:

"Y la explicación que me parece más plausible del enigma catalán es la misma que la del misterioso caso alemán: el factor responsable del hecho diferencial catalán y alemán es el modelo de familia troncal (también genuino de la comunidad foral vasconavarra), basada en la autoridad paterna y el reparto desigual de la herencia en beneficio del primogénito con exclusión del igualitarismo fraterno. Pues, tal como ha argumentado el demógrafo histórico Emmanuel Todd, este tipo de familia da lugar a una antropología política basada en el diferencialismo particularista y el autoritarismo jerárquico, típicos del nacionalismo völkisch. Y esto explica tanto la insolidaridad de la Alemania de Merkel con el resto de la Unión Europea como la negativa de los catalanes a compartir la caja común española del igualitario café para todos.".

Resulta que, según Gil Calvo, la nación catalana tiene su origen y continuidad en su sistema de sucesiones. Estarían contentos los historiadores y juristas conservadores catalanes de finales del XIX y principios del XX con esa afirmación tan hegeliana según la cual la patria se manifiesta a través de su lengua, costumbres, y otras cuestiones superestructurales, como el derecho.
No está mal: alguien que trata en su artículo de avisarnos de los peligros del romanticismo nacionalista (con lo cual estoy de acuerdo), va y nos da dos tazas.

Bien al contrario, la izquierda en Catalunya hace tiempo que definió la nación catalana en función de sus clases sociales, de las características diferenciales de su infraestructura económica y social, de la cual se derivaban una superestructura jurídica y política propia, que era acompañada, además, por una lengua, una cultura, una historia y unas costumbres también propias y diferenciadas. Ese es el orden racional y objetivo de las cosas: las condiciones materiales prevalecen y definen las sociedades y culturas, no al revés, a pesar de que puedan darse desencajes temporales, como reconocía Gramsci al hablar de la autonomía de la superestructura.

Además, Gil Calvo recurre a otro peligroso argumento: atribuir a los pueblos, en general, cualidades que solo lo son de los seres humanos individuales: la cicatería, el egoismo, la ambición, y sus contrarios, la generosidad, la solidaridad... El señor Gil obvía que no hay una "Alemania de Merkel" como tampoco hay una "Catalunya de Mas". Hay políticas insolidarias del gobierno de la señora Merkel, y políticas insolidarias del gobierno del señor Mas.
Dejemos al völk y a su espíritu tranquilos. Vamos a hablar de acción política, y de su dimensión individual y colectiva, tanto de las acciones, como de las omisiones.

Solo con lo dicho hasta el momento, ya habría suficiente para cuestionar la opinión de Gil Calvo, pero ya que ha decidido hablar de derecho civil catalán, profundicemos un poco más.

Es cierto que el Derecho civil catalán da mayor protagonismo al heredero nombrado en testamento (antiguamente, el primogénito/a, ahora tampoco debe ser así: el heredero puede ser cualquiera, y puede ser plural) que el Derecho común español: le corresponden 3/4 partes de la herencia, mientras que al resto de legitimarios le correspondería una legítima de 1/4 parte. En el derecho español, le corresponde solo 1/3 parte de la herencia, siendo para los legitimarios 2/3 partes. 

Originariamente, en una sociedad agraria que gravitaba alrededor de la casa païral como institución socioeconómica micro, esto se debía a la voluntad de mantener la máxima unidad del patrimonio familiar, lo cual, además, el derecho civil catalán reforzaba con otros aspectos, que Gil Calvo no cita, y que son también importantes:

-El regimén matrimonial de separación de bienes, y no de bienes gananciales, para la no confusión de patrimonios y su dispersión.
-El pago de la legítima por el valor de los bienes, y no con los bienes propiamente, manteniendo así unificado el patrimonio bajo un solo propietario, que era beneficioso, por ejemplo, en cuanto a las tierras heredadadas, por pura economía de escala, evitando así el minifundismo.

Es la conjunción de todas estas cuestiones, que se derivan de unas condiciones socioeconómicas diferentes (a una distribución de la tierra y de su tipo de cultivos diferente a la castellana, etc...), las que acabaron configurando un derecho civil catalán propio diferenciado del derecho común español, que en todo caso, tampoco sirve para definir la nación catalana actual, por las razones ya expuestas, y porque el Decreto de Nueva Planta de Felipe V creó una paradoja que no se resolvió plenamente hasta después de 1978: no derogó el derecho civil catalán, pero acabó con sus fuentes de producción legislativa, con lo cual,  mientras la Catalunya nación se construía como tal en el siglo XIX y XX, su aparato jurídico civil permaneció congelado en el siglo XVIII.