Ya estamos en la Segunda Transición, ¿pero hacia dónde?

Hace más de una década que multitud de personas y colectivos caracterizamos este momento histórico como una etapa de segunda transición en España. 
Empezó con el nuevo Estatut d'Autonomia de Catalunya, que cuestionó el marco jurídico constitucional español, no solo en lo referente al encaje de identidades nacionales, sino en algo que preocupaba más a las oligarquías: el reparto del poder, los conceptos de cosoberanía y subsidiariedad que implicaba, dentro del Reino, y hacia fuera en el sentido federal europeo (con todas sus limitaciones, pero ahí se apuntaban ya cosas).
Después, la crisis económica agravó y extendió al escenario general la caducidad de este marco, junto con la desafección política provocada por la corrupción y la politiquería de los grandes partidos.   
Las durísimas condiciones de ajuste impuestas por la Troika y su contestación social (3 huelgas generales, el movimiento 15-M, el surgimiento de la PAH y del conjunto de mareas en defensa de los bienes y servicios públicos...) han acabado de configurar la crisis global en España como un verdadero final de régimen, en todos los aspectos: social, político, económico, cultural, e institucional. Sin embargo, la indignación y la resistencia, no se han plasmado en mayorías institucionales alternativas: al contrario, en una primera parte de este ciclo, las derechas han salido reforzadas, como en el conjunto de Europa, viendose legitimadas a continuar con sus políticas antisociales. Hasta ahora. 

Pese a que el PP ha seguido siendo la fuerza más votada, el resultado de la elecciones europeas, donde el bipartidismo ha perdido gran parte de su apoyo electoral (del 80 al 49%), ha acelerado la percepción de descomposición del actual statu quo, y ante ese peligro (lejano, por otra parte, ante la falta aún de una alternativa clara), quienes defienden su continuidad han preferido pasar al ataque. En realidad, si somos rigurosos, han intensificado el ataque, pues la coartada de la crisis ya les permitió una avanzadilla material que ha actuado de pilar del nuevo régimen conservador: la reforma del 135 CE, que daba la llave de la política presupuestaria a la oligarquía financiera y su estrategia de doblegar paises a través de la especulación con la deuda soberana.

La abdicación del Rey Juan Carlos en favor de Felipe VI ha de leerse, en mi opinión, como una operación de las oligarquías para ponerse al frente de las reformas en un momento en que se perciben como inevitables por el hartazgo ciudadano y la multitud de incendios incontrolados en todos los frentes, empezando por la consulta catalana del 9-N. Pero ojo. La estrategia es lampedusiana como (casi) todos los sectores de progreso ya han intuido, y poniendose en cabeza de la voluntad de cambio, lo que se pretende es no tocar lo troncal del actual orden, dar respuestas parciales a algunas cuestiones candentes, y consolidar los retrocesos sociales y democráticos ya en marcha.

Felipe VI podría ser propuesto como piloto de una reforma constitucional que solidifique el nuevo marco sociopolítico regresivo para la próxima generación, y contará con el apoyo de PP, PSOE, UPyD, Ciutadans, y de la disimulada aceptación tácita vestida de indiferencia del conjunto de los nacionalismos conservadores. Sería el encargado de auspiciar unos nuevos Pactos de la Moncloa donde se de forma definitiva al retroceso del sistema de pensiones y a la devaluación salarial, y afrontaría un nuevo encaje de las naciones en el marco constitucional español, que en ningún caso recogería el derecho de autodeteminación de las mismas.

El conjunto de reformas regresivas se envolverá en la solemnidad de la Política de Estado y en una reforma constitucional que tendrá la misma trampa que la de 1978: hacer votar en un solo acto multitud de cuestiones, entre ellas, la continuidad de la institución monárquica, y su papel de mediador (y recordemos, de comisionista...) en el statu quo español.

Esta estrategia se debe hacer en este periodo por tres razones:
-La oportunidad generacional propiciada por el propio envejecimiento del monarca.
-La actual mayoría institucional aplastante del bipartidismo en las instituciones.
-Enmarcarlo en el momento de repunte del PIB y aumento de sensación de final de la crisis.

Las izquierdas tienen la obligación de impugnar la lógica antidemocrática que implica esta operación, y demandar elecciones constituyentes y un Referéndum sobre la forma de la Jefatura del Estado, donde se pueda defender la opción republicana.
Los cambios en profundidad que la sociedad demanda exigen una nueva mayoría que los lidere y los haga efectivos, y que dista muchísimo de la actual composición parlamentaria. 
Y un debate social y político, público y en profundidad, sobre que tipo de sociedad y de sistema de convivencia queremos. Ya basta de acuerdos opacos entre bastidores de los grandes poderes, a los que luego se les da el barniz democrático de una votación parlamentaria.

Los resultados de estas elecciones europeas deben ser un acicate ilusionante para las izquierdas, pero también exigen un plus de responsabilidad y vocación unitaria: la aparición de nuevas expresiones de la izquierda como Podemos, que se suman al crecimiento de Izquierda Plural y otras expresiones de las izquierdas nacionales, demuestran que hay base social y espacio electoral para aglutinar una alternativa al bipartidismo, pero que debe ser unitaria, programática, y representativa de amplios sectores de la clases populares, no solo de los más avanzados. La división puede dar al traste con la ilusión generada: necesitamos masa crítica suficiente, o en las circunscripciones más pequeñas de unas generales, o en multitud de ayuntamientos, podemos ser laminados por la suma cero de propuestas alternativas, mientras el mapa vuelve a ser bicolor, o peor todavía, monocolor (dato: el PP ha ganado en 32 de las 50 provincias en estas elecciones europeas).

De una estrategia ganadora y audaz de las izquierdas depende que la Segunda Transición vaya hacia la ruptura democrática, hacia un proceso constituyente en favor de las clases populares, o por el contrario, a un pacto entre oligarquías regresivo, hacía donde de momento se dirige, y que recibirá la bendición de una Europa que ha girado a la derecha claramente.

Para acabar, un apunte en clave catalana: las izquierdas catalanas federalistas, soberanistas, e independentistas no pueden quedarse al margen de los cambios que se dan en el tablero de juego del Estado. De la suma e interacción con los elementos más avanzados en el conjunto del Estado español también depende que Catalunya pueda ejercer el derecho a decidirlo todo.      


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